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sábado, 27 de septiembre de 2008

Paul Newman sale de escena


Fast Eddie: Fat man, you shoot a great game of pool.
Minnesota Fats: So do you, Fast Eddie.

Paul Newman (1925 - 2008)

martes, 25 de diciembre de 2007

jueves, 22 de noviembre de 2007

España se queda un poco más huérfana

¿Qué decir de Fernando Fernán Gómez? Creo que no soy el único que, a pesar de no haberle conocido nunca, se toma la muerte del maestro como una pérdida personal. Se nos va un artista total, el zangolotino que se convirtió con el correr de los años en ese gran caballero decimonónico, anarquista cascarrabias capaz de inspirar por igual el máximo de los respetos y el cariño más profundo. Nos quedamos sin el mejor actor de la historia del cine español (con permiso de Francisco Rabal), uno de los más grandes directores de nuestro cine, inapreciable hombre de letras y la encarnación de lo más sabio, lo más noble, lo más generoso, lo mejor que puede ofrecer nuestro país.

sábado, 20 de octubre de 2007

Nos dejó Deborah Kerr

El pasado martes murió Deborah Kerr a a los 86 años de edad, la reina de la discreción, escocesa hasta la médula que no creo que pudiera caer mal a nadie y protagonista de películas de la talla de The Innocents (Jack Clayton, 1961) o Tu y yo (An affair to Remember, Leo McCarey, 1957), obras maestras que son tales gracias en gran medida a la presencia de esta mujer, definición en carne y hueso de la palabra inglesa lady. Aquí la vemos, junto al gran Cary Grant, en uno de los finales más conmovedores de la historia del cine.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Murió Joe Zawinul

El pasado martes 11 de septiembre murió de cáncer el pianista y teclista Joe Zawinul a los 75 años de edad, uno de los creadores de la fusión de jazz, cuya impresionante trayectoria comprende cinco décadas en las que Zawinul siempre estuvo tocando con los mejores músicos.


Zawinul nació en el 7 de julio de 1932 en un barrio obrero de Viena. Su enorme talento musical se puso de manifiesto desde el principio: muy niño aprendió a tocar de manera autodidacta el acordeón. A la edad de 7 años le fue concedida una plaza libre en el Conservatorio de Viena, donde estudió piano, violín y clarinete. Más tarde descubriría el jazz en el cine y la radio. Durante los 50 se hizo un nombre en la escena jazzística vienesa, donde llegó a abrir su propio club, el Joe Zawinul’s Birdland.



En 1959 se fue a Boston, gracias a una beca en la Berklee College of Music, en la que no duró más de una semana, ya que en seguida empezó a tocar con el trompetista Maynard Ferguson, con el que se iría de gira durante 8 meses.


Durante unos meses tocó el piano para Dinah Washington, hasta que fue fichado por el gran (en todos los sentidos) saxofonista Julian ‘Cannonball’ Adderley, sin duda el mejor saxo alto después de Charlie Parker; fructífera colaboración que duraría hasta el año 1970. A pesar de que Adderley era el líder del grupo, dejaba un amplio margen de acción a sus músicos: Zawinul desarrollaría ampliamente su talento compositivo durante esos años, con temas tan irresistible como “Mercy, mercy mercy!” .


Después vendrían los años con Miles Davis. Zawinul fue una de las piezas clave de la “revolución eléctrica” de Davis a finales de los 60 y principios de los 70. En obras maestras como In A Silent Way o Bitches Brew aportaría su teclado, a veces implacablemente funky y otras lírico, y con composiciones como “It’s About Time” o “Pharoah’s Dance”.


A mediados de los 70 fundó, junto a Wayne Shorter, Miroslav Vitous, Airto Moreira y Alphonse Mouzon, el grupo Weather Report, a los que se uniría más tarde Jaco Pastorius. El grupo tuvo un gran éxito comercial durante los 70 y su jazz fusión fue muy influyente. Aunque reconozco su importancia histórica y están ahí dos de mis músicos favoritos (Zawinul y Shorter), la verdad, siempre he pensado que la música de Weather Report no ha aguantado bien el paso del tiempo y me parece más bien una nefasta influencia. A mi personalmente los arreglos me suena a sintonía de serie de televisión tipo “La ley de Los Ángeles”.



Weather Report se disolvería en 1985. Tras ello Zawinul fundaría Zawinul Syndicate, con los que estaría de gira casi interrumpida las dos siguientes décadas. En los últimos años Zawinul ha producido a músicos de Senegal y Mali, entre ellos Salif Keita, y ha hecho giras con Trilok Gurtu. Próximamente iba a hacer un concierto en el Barbican de Londres junto a la BBC Big Band con temas de Weather Report. Casualmente, recibí por correo las entradas para ese concierto el mismo día de su muerte.


Me había propuesto hablar lo menos posible en primera persona (de singular) en este blog, pero no puedo evitar contar una historieta personal en la que Joe Zawinul juega un pequeño papel.

Recién llegado a Londres, sin conocer absolutamente a nadie, viendo como se le acababa el dinero, durmiendo (es un decir) en un albergue bastante cutre en Elephant & Castle, con un inglés tan malo que le negaban entrevistas de trabajo como camarero porque era incapaz de entender las direcciones que le daban por teléfono, no queriendo nadie alquilarle una habitación decente porque no tenía trabajo ni referencias… este comodón hijo de la clase media española pasó unos primeros días bastante jodidos en una ciudad que no se caracteriza por su hospitalidad con los que vienen de fuera sin mucho dinero.


Cuando me sentía solo y hundido, a menudo la manera de animarme era escuchar en el discman “Mercy, mercy, mercy!”, en su versión en directo tocada por el quinteto de ‘Cannonball’ Adderley en 1966. El monólogo de Adderley al principio, el crescendo de los vientos sostenido por el órgano de Zawinul, incluso los gritos del público, conseguían siempre levantarme el espíritu. Muchas gracias, Mr. Zawinul.

martes, 31 de julio de 2007

Antonioni también nos deja

Me veo obligado a escribir otra necrológica, casi en contra de mi voluntad (van tres seguidas, esto no puede ser sano): ayer murió Michelangelo Antonioni a los 94 años en su casa de Roma, unas horas después que Ingmar Bergman. El día de ayer se convierte así en uno de los más desgraciados de la historia del cine.


Con estas dos muertes desaparece una generación de grandes autores europeos (en la que podríamos incluir cineastas tan dispares como Fellini, Visconti, Bresson o Melville), que empezaron a dirigir cuando el clasicismo entraba en su recta final, a finales de los 40 y principios de los 50, cuando el neorrealismo era la corriente dominante, directores que hacían lo que se vino a llamar “cine de arte y ensayo” y que luego anticiparían las vanguardias que tendrían su máxima expresión en la Nouvelle Vague francesa.


Tengo que admitir que con Antonioni no tengo término medio, o me gustan mucho sus películas o no las soporto. En el primer grupo están Las amigas (Le Amiche, 1955), La noche (La Notte, 1961), El eclipse (L’Eclisse, 1962) y, quizás mi favorita, El reportero (The Passenger, 1975). En el segundo incluiría Blow Up (1966), Zabriskie Point (1970) y Más allá de las nubes (Beyond the clouds, 1995). En todo caso, sus “fracasos”, como los de Godard, me parecen tan respetables como sus triunfos; como dijo una vez el cineasta francés, “a quién da el triple salto mortal sin red no se le piden explicaciones”.


El cine de Antonioni tiene algo de desazonante, los personajes de sus películas siempre parecen encontrarse, por así decirlo, “en otra parte”; nunca deja de haber una distancia insalvable entre ellos y nosotros. Normalmente, los directores hacen todo lo que pueden por “meternos” en la película, Antonioni, maestro de los tiempos muertos y el anti-climax, se esfuerza en todo lo contrario (hasta llegó a afirmar, no sin cierta ironía, que hacía “películas aburridas para mejor hablar del aburrimiento”). Aburrida o no, su obra consiguió reflejar como la de nadie esa falta de rumbo y ese desapego con respecto a los demás y a nosotros mismos, consecuencia tal vez de una auto-conciencia hipertrofiada, que son las características que quizá mejor definan al hombre contemporáneo.

Ha desaparecido un maestro


Ayer, lunes 30 de julio, murió en la isla de Faro Ingmar Bergman a los 89 años de edad. Sin él, el cine se queda huérfano de uno de los únicos cuatro cineastas realmente grandes que quedaban vivos (los otros tres serían Michelangelo Antonioni, Jean-Luc Godard y Jacques Rivette). Se hace difícil hablar de alguien como Ingmar Bergman sin caer en el recurso fácil de la alabanza, que en su caso nunca podrá ser desmesurada, o sin simplificar una obra de una riqueza inagotable. Bergman realizó más de 50 películas desde mediados de los 40 y siempre fue un paso más allá que sus contemporáneos; en ellas trató todos los temas imaginables con una profundidad sólo comparable a la de Dreyer, Buñuel u Ozu, y lo hizo a través de los más diversos géneros, e incluso inventó alguno, dejando al menos una obra maestra en cada uno de ellos.


Algunas de mis películas favoritas son:


Un verano con Mónica (Sommaren med Monika, 1953). Quizá su primera gran película, en la que un realismo social bastante inusual en Bergman sirve como marco de una desoladora historia de maduración.


El Séptimo Sello (Det Sjunde inseglet, 1957). La primera película suya que vi, hace ya muchos años, esta película de aventuras metafísicas es quizá la mejor puerta de entrada a su filmografía y en la que muestra de manera más clara y explícita algunas de sus obsesiones. Menciono esta película también porque la he vuelto a ver en cine, la causalidad ha querido que el día de su muerte; una amiga y yo teníamos planeado desde hace días verla precisamente ayer.

Fresas Salvajes (Smultronstället, 1957). Todo un tratado filosófico sobre el paso del tiempo, la vejez, el éxito y mil cosas más, con una interpretación antológica de Victor Sjöström, esta es quizá la culminación y compendio del primer Bergman. Obra de una gran sabiduría, parece hecha con la ecuanimidad y serenidad de alguien que tiene toda una vida tras de sí, como quizá era el caso con Bergman a los… 37 años.


Persona (Ídem, 1996). Quizá mi favorita de una década particularmente fértil para Bergman. Formalmente revolucionaria, es una película única en todos los sentidos, llena de misterio, a la vez transparente y evasiva; uno nunca la acaba de descifrar del todo. La historia de la actriz que deja de hablar mientras interpreta a Electra y de la enfermera que la cuida es uno de las más penetrantes y dolorosos estudios que se han hecho sobre la psicología humana, sobre la imposibilidad tanto de ser como de no ser y sobre los rostros de las dos mejores actrices que jamás han actuado frente a una cámara: Liv Ullmann y Bibi Andersson.

Secretos de un matrimonio (Scener ur ett äktenskap, 1973). Con el gran Erland Josephson, quizá su alter ego en la pantalla. Esta especie de “documental psicológico” tiene una fuerza dramática devastadora y, sin una sola escena de violencia, es una de las películas más brutales que yo he visto.


Fanny y Alexander (Fanny och Alexander, 1986). La película que cierra de manera perfecta la filmografía de Bergman (ha vuelto a filmar después, y cosas tan valiosas como la excelente Saraband en 2003, su última película, pero esa obra tardía parece más bien un epílogo). En esta obra monumental (sobre todo la versión de prácticamente 5 horas para la televisión sueca) se encuentran todos los temas de su filmografía.

Esas son sólo algunas de sus obras maestras; me dejo en el tintero otras, como El silencio (Tystnaden, 1963) o La hora del lobo (Vargtimmen, 1967) por ejemplo, que podrían estar igualmente en la lista.



La muerte de Ingmar Bergman hace que la vida sea un poco peor. Perdemos un punto de vista sobre el mundo que cambió de una manera decisiva el de muchos de nosotros, obligándonos, a veces de forma dolorosa, a ver cosas que quizá no quisiéramos ver pero que teníamos que ver: algunas de nuestras más desgarradoras contradicciones, las que no podemos resolver ni pasar por alto. Bergman era como ese amigo que nos dice lo que menos queremos oír de la única manera que podemos aceptar y al que apreciamos precisamente por eso. Su filmografía tiene el enorme valor de ser un testimonio, no ya de una época, sino de la condición humana misma; testimonio cuya belleza en la forma no elude mostrar las partes más feas y desagradables de esa condición, sino que nace precisamente de ellas.


Pero dejemos que hable el maestro. Una vez, el crítico inglés Andrew Sarris le preguntó por sus razones para hacer cine y teatro. Ingmar Bergman le contó la historia de los artesanos anónimos que reconstruyeron la catedral de Chartres en la Edad Media:


“Quiero ser uno de los artistas de la catedral que se alza en la llanura. Quiero dedicarme a esculpir a partir de la piedra la cabeza de un dragón, un ángel o un demonio, o quizás de un santo, no importa; voy a disfrutar igual en cualquier caso. Tanto si soy creyente o no, cristiano o pagano, trabajo con todo el mundo para construir una catedral porque soy un artista y un artesano y porque he aprendido a esculpir rostros, miembros y cuerpos a partir de la piedra. Nunca me preocupará el juicio que la posteridad o mis contemporáneos hagan de mí; mi nombre está esculpido en ningún lugar y desaparecerá conmigo. Pero una pequeña parte de mí sobrevivirá en la anónima y triunfante totalidad. Un dragón o un demonio, o quizás un santo, eso no importa”.


ENTREVISTA con Ingmar Bergman grabada en 1970 (en inglés):






miércoles, 25 de julio de 2007

En la muerte de Edward Yang


El pasado 30 de junio, murió el cineasta taiwanés Edward Yang, víctima de un cáncer de colon con el que llevaba luchando desde el año 2000. Edward Yang había nacido el 6 de noviembre de 1947 en Shanghai. Dos años más tarde, poco después de la victoria de los comunistas en China, emigró con su familia a Taiwan. Yang creció y se educó en Taipei, ciudad donde estudió ingeniería y que dejaría en 1970 para irse a los Estados Unidos.


Yang entró en el mundo del cine de una manera lenta y titubeante: tras cursar un master en ingeniería en Florida, se apuntó a la prestigiosa escuela de cine de la Universidad del Sur de California. Allí descubrió, según sus propias palabras, “que no tenía ningún tipo de talento. No tenía lo que se necesita para entrar en el negocio del cine, así que abandoné. Tuve que admitir que era mejor no tener ese sueño porque no carecía de lo que requiere”. Yang se fue entonces a Seattle, donde trabajó en un proyecto de investigación para defensa sobre microcomputadoras. Allí recuperó el interés en el cine, después de ver en un cine Aguirre o la cólera de Dios (Werner Herzog, 1972) que le cambió la vida. Yang decidió volver a intentar hacer el cine, cosa que no conseguiría hasta 1981, año en que se filmaría en Taiwan su primer guión, The Winter of 1905 (Yu Weizheng).


Edward Yang debutó como director en 1982, haciéndose cargo uno de los cuatro episodios de la película In Our Time. Su filmografía consta de ocho películas más, rodadas en casi 20 años, que le convirtieron en uno de los directores más prestigiosos y representativos de la llamada “Nueva Ola Taiwanesa”, en la que se le suele incluir junto a Hou Hsiao-hsien y Tsai Ming-liang.



Su película más famosa, y la única que he tenido la oportunidad de ver recientemente en el ICA de Londres, es Yi yi (2000), que es además la última, por la que ganó el premio al mejor director en Cannes y, sin duda, una de las mejores obras cinematográficas que se han hecho en los últimos años. Yi yi cuenta en tres horas la historia de un año en una familia de clase media de Taipei; empieza con una boda y acaba con un funeral. Por su tono, temas y personajes, recuerda bastante a Ozu: los conflictos generacionales, el choque entre tradición y modernidad, las relaciones familiares...

Es una de esas raras películas en las que se encuentran varios géneros (principalmente la comedia y el drama en todas sus variantes, pero también hay unas gotas, en ciertos momentos, de musical e incluso de thriller) de una manera totalmente armoniosa, gracias a un guión pluscuamperfecto y a una precisa puesta en escena, de la que cabe destacar un uso del sonido y el fuera de campo dignos de Bresson. Yi yi es una película muy meditada, fruto de un largo proceso de maduración; al parecer, Yang tuvo la primera idea a mediados de los ochenta, pero quiso esperar a tener la edad adecuada para poder desarrollar plenamente la historia. Es quizá gracias a ello que la narración fluye con cierta ligereza y en ningún momento se le ve una sola “costura”, lo que tiene un enorme mérito, teniendo en cuenta la enorme complejidad de la película.


Entre otras muchas cosas, Yi yi trata de la imagen que nos hacemos de nosotros mismos, de cómo a veces ocurre un hecho que nos golpea de tal manera que nos obliga a auto-examinarnos, lo que puede llegar a ser traumático si no estábamos preparados. Ese hecho es en la película el accidente que deja en coma a la abuela (Ru-Yun Tang). El médico recomienda a los miembros de la familia que le hablen como si les oyera para estimular sus sentidos; en una de las mejores escenas de la película, la madre (Elaine Jin) llora porque se da cuenta de que su vida está vacía: no tiene nada que contar a la abuela. En cambio al padre, N.J. (Nien-Jen Wu), esos monólogos le permiten ordenar sus pensamientos.




Yi Yi es también un relato iniciático: el de Yang-Yang (Jonathan Chang), el miembro más joven de la familia. La película (como es casi inevitable en el cine moderno) contiene también su propia reflexión metalingüística sobre el cine y el arte; estando ésta relacionada con el niño, uno sospecha que Yang-yang es una especie de alter ego del propio director. Yang-Yang está bombardeando a su padre constantemente con preguntas filosóficas cuya mezcla de ingenuidad y profundidad sólo puede tener un niño. En un momento dado le pregunta “¿Por qué yo no puedo ver lo que tú ves y tú no puedes ver lo que yo veo?”. A lo que el padre contesta. “Para eso te he dado tu cámara”. Después, hacia el final de la película, N.J. descubre las fotos que su hijo ha hecho: son todas de espaldas de gente. Yang-Yang le enseña una a su tío, diciéndole: “Tú no puedes verlo, así que te he ayudado a verlo”.


En esas frases se encierra toda una concepción ética y estética del cine, gracias al cual podemos ver el mundo desde el punto de vista de otros y también vernos a nosotros mismos desde perspectivas diferentes a la nuestra, lo que siempre resultará enriquecedor. Claro que para ello es necesario el gran talento de alguien como Edward Yang, cuya filmografía, ahora desgraciadamente cerrada, sin duda debe de estar llena de sorpresas.