Fast Eddie: Fat man, you shoot a great game of pool.
Minnesota Fats: So do you, Fast Eddie.

JACQUES VERGÈS.
De entre las escenas en las que habla de su actividad actual, es posiblemente en éstas dos en las que Vergès sea más seductor, tanto por lo que dice como por la manera de decirlo. Leyendo una entrevista con Schroeder a propósito de la película, se comprende porque decidió eliminarlas del montaje final: en ella el director afirma que esta es la película más arriesgada que ha hecho, pues corría el peligro de presentar a Vergès como alguien simpático o que tiene la razón. En los cada momento de los mencionados sucede una de las dos cosas; en el primero cae simpático y en el segundo tiene razón: sea o no sincero, y a pesar de que casi establece una peligrosa comparación entre sus defendidos y los negros inocentes linchados en Alabama hace años, el fondo del argumento no deja de ser verdadero.
Claramente, la película hace un juicio de valor y toma un punto de vista sobre su protagonista desde el principio: Sobre imágenes de un pueblo de Camboya, oímos a Vergès afirmando que se ha sobredimensionado el genocidio de los jemeres rojos al contabilizar los muertos a causa del embargo norteamericano y el ejército vietnamita junto a los causados por el régimen de Pol Pot. A continuación se nos muestran fotografías de Vergès abrazando a Nuon Chea (el "hermano número dos" de los jemeres rojos, que fue detenido en septiembre y acusado de crímenes contra la humanidad) y una entrevista en la que el mismísimo Pol Pot declara lo bien que se lleva con Vergès (ambos se conocieron en los años 50, cuando estudiaban en la Sorbona de París).
El montaje de estas imágenes al principio de la película no responde a ninguna “necesidad” narrativa, de hecho, la relación de Vergès con Pol Pot y Camboya no es ni muchísimo menos uno de los temas principales de la película. El discurso es muy representativo de otros que vienen a continuación: Vergès, maestro de la ambigüedad, nunca llega a justificar a los jemeres rojos, pero parece estar en todo momento a punto de hacerlo; de hecho sería difícil encontrar una frase, una palabra en la que se pudiera sostener alguna acusación de revisionismo histórico. Esa especie de equilibrismo moral parece apasionar a este hombre, una especie de contradicción andante que desconcierta a casi todo el mundo menos a sí mismo, y que además parece disfrutar enormemente con ello.
Pero, ¿quién es Jacques Vergès? Sin duda un hombre con uno de los currículum vitae más extraños y fascinantes que se puedan encontrar.
Jacques Vergès nació el 5 de marzo de 1925 en Ubon Ratchathani (Tailandia), hijo de un diplomático francés y una mujer vietnamita. Se crió en la isla francesa de Reunión, donde, siendo víctima del racismo francés, desarrolló un fuerte sentimiento anti-colonial. Jacques tiene además un hermano gemelo, Paul Vergès, fundador del Partido Comunista de Reunión, miembro del Parlamento Europeo y la primera persona que usó euros al comprar una bolsa de lichis en el mercado de Saint-Denis.
Tras estudiar lenguas orientales y derecho en París, Vergès se hizo famoso a finales de los años 50 y principios de los 60 defendiendo a la argelina Djamila Bouhired. En septiembre de 1956, durante la “Batalla de Argel”, Bouhired puso una bomba en un bar que mató a 11 personas. Seis meses después Bouhired fue detenida, torturada durante más de dos semanas y sentenciada a muerte. Entonces Vergès se hizo cargo de su defensa en un ambiente extremadamente hostil. Usando la llamada “estrategia de ruptura” (consistente en atacar la legitimidad del tribunal y acusarlo de los crímenes que imputa al acusado) y orquestando una meticulosa campaña mediática, Vergès consiguió convertir a la joven en un símbolo de la lucha por la libertad de los países colonizados, con miles de peticiones de clemencia al Gobierno francés. El resultado fue la liberación de Bouhired en 1962.
DJAMILA BOUHIRED.
Abogado y defendida se enamoraron durante el juicio; después se casaron, tuvieron dos hijos y fundaron la revista Révolution africaine. Tras la independencia argelina en 1962, Vergès ocupó durante un año el puesto de jefe de gabinete del Ministerio de Asuntos Exteriores, puesto que abandonaría en 1963. En los siguientes años, fundó la primera revista maoísta de Francia (Révolution, editada entre 1963 y 1965) visitó al líder comunista chino, se erigió en uno de los principales defensores internacionales del pan-africanismo y la lucha anti colonial; finalmente, terminó la década de los 60 defendiendo anodinos casos en Argel (en el último, se encargó de representar legalmente a un joven atropellado por un automóvil).
La historia de Vergès se complica (aún más) a partir de 1970. Ese año abandona a su familia y desaparece completamente hasta 1978. No se sabe a ciencia cierta dónde estuvo todos esos años: las especulaciones van desde Camboya hasta Cuba, pasando por China, Palestina, la URSS o Suráfrica. El propio Vergès admite que pasó temporadas en París y afirma que hay poderosas razones para seguir manteniendo en secreto su paradero durante todos esos años.
En 1978, Vergès reaparece públicamente para retomar su carrera de abogado. Sus conexiones con el Frente Popular para la Liberación de Palestina (que ayudó a fundar en 1967) y la Facción del Ejército Rojo alemana le llevarían a defender a famosos terroristas como Mahab Souleiman, Anis Naccache, Bruno Beguet o Magdalena Kopp, con la que tendría una relación amorosa hasta que ella le dejó por el terrorista Carlos, al que también defendería tras su captura en Sudán, en 1994.
Vergès cuenta en su haber con otros clientes ilustres, como Klaus Barbie en 1987, alias el carnicero de Lyon, oficial nazi responsable de la muerte de 4.000 personas durante la ocupación alemana en Francia. Durante el juicio al ex jefe de la Gestapo en Lyon, Vergès volvería a hacer uso de la “estrategia de ruptura” que puso en práctica por primera vez con Djamila Bouhired, acusando al tribunal de llevar a cabo una persecución selectiva, juzgando los crímenes de Barbie, pero no la violencia de cualquier potencia colonial, incluida la francesa, igualmente brutal pero totalmente impune. Esta vez, la estrategia no funcionó tan bien como con Bouhired y Barbie fue condenado a cadena perpetua. Huelga decir que lo más irónico del caso es que Vergès, como miembro de la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial y perteneciente a una “raza inferior” hubiera sido muy probablemente víctima del Carnicero de Lyon.
Vèrges ha sido el representante legal de varios dictadores africanos, como el presidente de Gabón Omar Bongo o el de Chad, Idriss Déby. En 1999 inició en Togo un proceso en contra de Amnistía Internacional acusando a la organización de mentir en un informe que describía los asesinatos y torturas de miembros de partidos de la oposición. Vergès fue contratado para defender a Milosevic por sus partidarios, pero el caudillo de la Gran Serbia decidió defenderse a sí mismo. Después intentó hacerse cargo de la defensa de Saddam Hussein, pero nunca llegó a representarle. En la actualidad, el principal cliente del conocido como “abogado del diablo” es Khieu Shampan, el presidente de Camboya durante los años de Gobierno de Pol Pot.
KHIEU SHAMPAN CON JACQUES VERGÈS EN LA CASA DEL PRIMERO EN CAMBOYA.
La película de Schroeder suscita interesantes cuestiones éticas (aunque no las desarrolla demasiado, que todo hay que decirlo). Visto este (incompleto) historial, es enormemente tentador juzgar y condenar a Vergès por dedicarse a defender a tamaña colección de hijos de puta, además, uno se siente bien haciéndolo: en cierto modo, no hay nada más tranquilizador que encontrarse con alguien a quien se puede condenar sin tener que ponerse demasiado en duda a uno mismo. Para colmo, parece evidente que además él disfruta enormemente defendiendo a esa gente.
Cualquier acusación en ese sentido sería sin duda bienvenida por Vergès, pues sin ningún esfuerzo puede volverla en contra de quien se la dirige. En genocidas como Pol Pot encontramos “monstruos” en los que el mal parece adquirir unas proporciones tales que ya no es necesario verlos como seres humanos; nuestra indignación de hombres justos no pondría reparos en suspender la justicia con la que estamos dispuestos a tratar a otros criminales, a aquellos en los que el mal parece estar “hecho a la medida del hombre”. Pero en el caso de los genocidas muy a menudo el resultado ya está decidido de antemano (un caso es el de Adolf Eichmann, tal y como señaló Hannah Arendt en Eichmann in Jerusalem), el juicio es casi un mero trámite puramente formal, una molestia que dispensa a un "monstruo" que no se considera humano. Pero es precisamente en esta “deshumanización” del genocida en nombre de valores humanistas donde reside el mayor peligro: ¿no es peligrosamente parecida a la que él mismo llevó a cabo con sus víctimas en nombre de otro (su) humanismo?
Una defensa coherente de los derechos humanos lleva implícita la universalidad de los mismos. Esto es una perogrullada, claro está, pero una perogrullada que se olvida a menudo; por ejemplo, nadie se rasgó las vestiduras por el grotesco juicio y la indigna ejecución de Saddam Hussein (llevados a cabo de una manera tan miserable que incluso dieron la oportunidad al reo de morir infinitamente con más dignidad de la que mostraron sus verdugos al matarle), pero era para rasgárselas: levantar la “alerta moral” ante cualquier persona, por muy terrible que sea su crimen, es introducir excepciones donde la regla no las admite.
La condena a la postura de Vergès de defender casos “indefendibles” supone sacar de tapadillo por la puerta trasera lo que se recibe con todos los honores por la puerta principal. Tener un juicio justo es un derecho fundamental que sólo puede darse si todas las partes cumplen con su trabajo de la manera más eficiente posible; considerando esto, el hecho de que Jacques Vergès disfrute defendiendo a esa gente (suponiendo que eso ayude a que los defienda mejor) hace que se lleve a cabo un juicio justo, en el que el acusado tiene todos los medios posibles para defenderse. En cuanto “defensor de los indefendible”, un abogado como Vergès es necesario, incluso moralmente necesario: defender los derechos humanos supone dar todas las oportunidades disponibles a los que atentan contra ellos, incluso corriendo el riesgo de que queden impunes.
Otra cuestión (en principio y teóricamnte diferente aunque, me temo, imposible de separar en la práctica) es que parece más bien difícil que en sus años de profesión Vergès no se haya “ensuciado las manos” de alguna manera unas cuantas veces. Por otro lado, casos como el de Togo o sus desesperados y oportunistas intentos de los últimos años por hacerse en cada momento por la defensa de los casos más famosos le llevan a uno a sospechar que quizá lo que mueva actualmente al abogado no sea otra cosa que el afán de notoriedad, en una versión infinitamente más sofisticada, pero en el fondo quizá no tan distinta a la de una Ana Obregón cualquiera.
El pasado martes murió Deborah Kerr a a los 86 años de edad, la reina de la discreción, escocesa hasta la médula que no creo que pudiera caer mal a nadie y protagonista de películas de la talla de The Innocents (Jack Clayton, 1961) o Tu y yo (An affair to Remember, Leo McCarey, 1957), obras maestras que son tales gracias en gran medida a la presencia de esta mujer, definición en carne y hueso de la palabra inglesa lady. Aquí la vemos, junto al gran Cary Grant, en uno de los finales más conmovedores de la historia del cine.

MOHAMMAD REZA PAHLAVI, SHAH DE PERSIA

EL AYATOLA JOMEINI LLEGA AL AEROPUERTO DE TEHERÁN.
Más adelante, el Ayatola Jomeini vuelve a Irán desde su exilio parisino. Las masas lo reciben enfervorecidas. Jomeini habla desde una ventana en una inmensa explanada, una masa de gente lo escucha. En ese mismo plano vemos como clérigo le besa la mano, de una manera muy parecida a como los ministros y generales besaron la mano al Shah. El gesto del ayatolá es muy parecido al del monarca; tampoco levanta levanta la mano, por lo que también obliga al otro a inclinarse ante él.
Jomeini presenta en una rueda de prensa su proyecto para Irán y al nuevo primer ministro interino, Mehdi Bazargan. Este ingeniero es retratado como el hombre ilustrado y metódico que mejor sabrá diseñar el nuevo Irán; también como un “modesto estudioso del Corán” que llevará al país a la modernidad siguiendo el camino del Islam. Bazargan aún no ha dimitido ni ha sido de lado por el Gobierno de los ayatolas. Hay que decir aquí que según Hussein Torabi, Baray-e Azadi nunca antes había sido mostrada con su metraje íntegro, ¿se cuentan estas escenas en las que se alaba a Bazargan entre las que han sufrido la poda de la censura?
La película también muestra el inicio de la “crisis de los rehenes”, en la que estudiantes partidarios del nuevo Gobierno retuvieron durante 444 días como tales a 66 ciudadanos norteamericanos en la embajada de Estados Unidos en Teherán. En realidad, al incidente de los rehenes no se le dedica mucho tiempo; simplemente, uno de los asaltantes cuenta a la cámara cómo él y otros hombres entraron a la embajada por la cocina.
La crisis de los rehenes tiene lugar tras unas escenas en las que se muestra como en cierto momento de la revolución hay muchas armas fuera de control; en manos de gente que no sabe usarlas y que a veces dispara contra la gente de su propio bando. En una escena, un oficial del ejército incluso sermonea a un grupo de “milicianos” y a la cámara sobre el buen uso de las armas. Tras esas escenas, el asalto a la embajada norteamericana, parece un hecho casi azaroso, fruto de la confusión y excitación del momento.
UNO DE LOS REHENES NORTEAMERICANOS.
Quizá cuando se hizo Baray-e Azadi el asunto todavía no había adquirido las dimensiones que tendría más adelante, la película tiene como año de producción 1979 y la “crisis de los rehenes” empezó el 4 de noviembre de 1979. Uno de los participantes afirmó, en una entrevista concedida a la BBC en 2004 con motivo del 25º aniversario, que en un principio se trataba de un mero acto de protesta en el que no estaba planeado (al menos por él y los otros estudiantes que tomaron parte en el asalto) ni tomar rehenes ni mantenerlos secuestrados durante tanto tiempo.
La escena que viene a continuación le da al incidente otro significado. Al igual que se ha asaltado la embajada norteamericana, se asalta el otro centro de poder, dependiente del anterior: el Palacio de Sadabad, donde residía el Shah de Persia. En ese momento suena una música solemne y se muestran imágenes de la coronación del Shah… marcha atrás: el Rey es desposeído de su corona. El antiguo orden ha muerto, ha llegado el tiempo del nuevo.
A continuación, se muestra en la película el referéndum para establecer una República islámica, que tuvo lugar en marzo de 1979 (Baray-e Azadi no sigue siempre un orden cronológico estricto), como el gran momento de expresión de la “voluntad política” popular. Vemos largas colas de gente para llegar a las urnas en todo el país, todos acuden a votar, incluido el propio Bazargan, se nos dice: musulmanes, cristianos, judíos, mazdeistas… Y todos ellos darán el sí al establecimiento de una República Islámica, en la que las diferentes religiones y grupos étnicos y políticos vivirán en paz y armonía.
Hay una secuencia muy interesante con una encuesta en que se recogen diversas declaraciones: la mayoría dicen apoyar la República Islámica. Una abogada mazdeista se muestra entusiasta con respecto a ella. Un hombre increpa al cámara que ande buscando gente que disienta, argumentando que, incluso si sólo existiera una sola persona que estuviera en contra, no habría que darle voz y que la pregunta misma pone en peligro la unidad del pueblo iraní. Un negro musulmán defiende en árabe el estado islámico, a su lado un clérigo intenta interrumpirle constantemente a pesar de que no le entiende, el africano continúa su discurso, cuando el clérigo comprende que el negro está a favor, asiente con la cabeza… Los únicos que contestan que votarán ‘no’ en el referéndum son un par de turcomanos, alegando “no saber qué pretende realmente el nuevo Gobierno”.
La República Islámica fue aprobada con un 98 por ciento de los votos. Después de la Revolución, los turcomanos se rebelaron contra el Gobierno, pidiendo autonomía, tras lo cual fueron duramente reprimidos por la Guardia de la Revolución Islámica. Aquellos pertenecientes a minorias religiosas que votaron 'sí' a la República islámica, lo hicieron en cierta medida en contra de sí mismos: Irán no se caracteriza precisamente por su libertad religiosa.
La película se cierra, de forma circular, con otra escena en un cementerio. Esta vez no hay familias llorando, sino llevando flores a los muertos; la cámara en mano es sustituida ahora por un elegante travelling lateral. El último plano muestra unas flores sobre una tumba: no sólo se trata de honrar a los mártires también de decir que su lucha no fue en vano, que del horror de las muertes surgió algo hermoso. Baray-e Azadi fue rodada en un tiempo de vertiginosos cambios de una enorme trascendencia histórica. Tiempos también de gran esperanza, que la película refleja con gran fuerza, tal vez porque los hombres que la rodaron y montaron conocían la importancia de lo que estaban filmando y quizá eran partícipes de esa misma esperanza.






Su película más famosa, y la única que he tenido la oportunidad de ver recientemente en el ICA de Londres, es Yi yi (2000), que es además la última, por la que ganó el premio al mejor director en Cannes y, sin duda, una de las mejores obras cinematográficas que se han hecho en los últimos años. Yi yi cuenta en tres horas la historia de un año en una familia de clase media de Taipei; empieza con una boda y acaba con un funeral. Por su tono, temas y personajes, recuerda bastante a Ozu: los conflictos generacionales, el choque entre tradición y modernidad, las relaciones familiares...
Es una de esas raras películas en las que se encuentran varios géneros (principalmente la comedia y el drama en todas sus variantes, pero también hay unas gotas, en ciertos momentos, de musical e incluso de thriller) de una manera totalmente armoniosa, gracias a un guión pluscuamperfecto y a una precisa puesta en escena, de la que cabe destacar un uso del sonido y el fuera de campo dignos de Bresson. Yi yi es una película muy meditada, fruto de un largo proceso de maduración; al parecer, Yang tuvo la primera idea a mediados de los ochenta, pero quiso esperar a tener la edad adecuada para poder desarrollar plenamente la historia. Es quizá gracias a ello que la narración fluye con cierta ligereza y en ningún momento se le ve una sola “costura”, lo que tiene un enorme mérito, teniendo en cuenta la enorme complejidad de la película.
Entre otras muchas cosas, Yi yi trata de la imagen que nos hacemos de nosotros mismos, de cómo a veces ocurre un hecho que nos golpea de tal manera que nos obliga a auto-examinarnos, lo que puede llegar a ser traumático si no estábamos preparados. Ese hecho es en la película el accidente que deja en coma a la abuela (Ru-Yun Tang). El médico recomienda a los miembros de la familia que le hablen como si les oyera para estimular sus sentidos; en una de las mejores escenas de la película, la madre (Elaine Jin) llora porque se da cuenta de que su vida está vacía: no tiene nada que contar a la abuela. En cambio al padre, N.J. (Nien-Jen Wu), esos monólogos le permiten ordenar sus pensamientos.


El argumento es el siguiente: Un hombre de rasgos chinos, posiblemente un vagabundo, recibe una paliza que lo deja medio muerto en las calles de Kuala Lumpur. Es recogido por un grupo de obreros bangladesíes que viven en un enorme edificio inacabado, probablemente el edificio que ellos mismos estaban construyendo, en cuyo centro hay un extraño estanque, producto quizá de una inundación. Uno de ellos se dedica a cuidar del maltrecho vagabundo: lo acoge en su cama, le alimenta, le lava la ropa y el cuerpo o le ayuda a orinar en una serie de escenas cargadas de una tensión sexual que nunca llega a hacerse explícita. Mientras tanto, se nos muestra en paralelo como dos mujeres, madre e hija, cuidan al hombre de la primera escena, el hijo de una y hermano de la otra, que está completamente mudo y paralizado, pero mantiene los ojos abiertos.
Cuando el vagabundo se recupera y es capaz de moverse, se dedica a observar a las dos mujeres, tiene un encuentro sexual en un sórdido callejón con la madre y corteja a la chica. Una espesa nube de humo cubre la ciudad; todo el mundo se ve obligado a llevar máscaras para respirar, los más pobres simples bolsas de plástico. El vagabundo y la chica intentan hacer el amor, pero se ahogan en toses cuando intentan besarse. Tras ello, el obrero bangladesí intenta cortar el cuello con una lata al vagabundo mientras duerme. El vagabundo le descubre, el obrero llora y el vagabundo le seca las lágrimas.
Como elemento recurrente, el colchón en el que duermen los protagonistas, casi un personaje más. Sus desplazamientos son constantes: los obreros recogen al vagabundo cuando están llevando el colchón a su casa, el vagabundo y la chica se llevan el colchón a otro lugar para hacer el amor, etc. El colchón es quizá el único hogar de los personajes, el único espacio que les pertenece. De hecho, está cubierto por una mosquitera durante buena parte del metraje, aislándolo del resto.
El vagabundo y el enfermo están interpretados por el mismo actor (Shiang-chyi Chen, el protagonista de todas las películas de Tsai Ming-liang). Pudiera ser que la historia del vagabundo fuera una ensoñación del enfermo, o quizá al revés… En todo caso, ambos personajes pueden considerarse como “opuestos exactos”: el vagabundo carece virtualmente de pasado (no sabemos absolutamente nada de él, ni siquiera su nacionalidad), pero tiene ante sí un futuro cuyo comienzo es precisamente lo que cuenta la película. El enfermo posee un pasado pero, inmovilizado y privado de la capacidad de comunicarse, carece de futuro.
Durante aproximadamente su primer tercio, la película nos es casi completamente ajena, no "entramos en ella". Cada escena parece estar cerrada completamente en sí misma, sin relación con las que la preceden ni las que la siguen: en cada una sucede algo aparentemente banal, no hay conflicto y los personajes ni siquiera "actuan". Esta aparente falta de cohesión entre las diferentes escenas refleja tanto el aislamiento como el vacio de los personajes. Si no hay historia es porque los personajes no la tienen, y estos no tienen historia precisamente porque están aislados: su soledad les encierra en un presente inmóvil, hecho de pequeñas acciones cotidianas.
En ese estado, los personajes apenas merecen tal nombre; son poco más que cáscaras vacías, meros autómatas que quizá sueñen con historias que no les pertenecen, que sólo existen en las canciones que oyen. Pero, ¿cómo podrían tener una personalidad sin una historia?
Esos "vacios" en el pasado y el futuro se encuentran en el escenario mismo: el inmenso edificio inacabado en que viven los personajes y que es exactamente lo contrario que una ruina. Las ruinas son los restos de algo que fue, testimonios de un proyecto cumplido, que llegó a ser y que ya no es; como tales son un pasado completo, por así decirlo, un pasado que a pesar de no ser ya, se puede reclamar como propio (de hecho, todos los pueblos están orgullosos de sus ruinas). Un edificio sin terminar, como los que abundan en Tailandia o Malasia (fruto del boom económico del sudeste asiático en la década de los noventa, dramáticamente interrumpido con la crisis financiera de 1997, de la que la región aún no se había recuperado en la época que la inmensa nube de humo que aparece a mitad del metraje de la película sitúa el argumento), es algo mucho más inquietante: el testigo de un proyecto frustrado, de algo que no llego a ser, de un pasado abortado que nadie quiere apropiarse pero del que tampoco puede nadie desprenderse, pues no se ha superado. Un pasado incompleto que sigue siendo presente: el tiempo se ha estancado, como el agua que ocupa el centro del gran edificio.
